Estimada Margaret Bennett

Estimada Margaret Bennett

Es una pena que no nos hayamos conocido en otras circunstancias. Por ejemplo, estoy buscando un estudio de pilates donde seguir mi práctica, dos veces a la semana. Podría ser usted una amiga de pilates, podríamos recomendarnos un pediatra, podríamos hablar de las mismas series de TV. No llegamos a hacerlo porque nosotros nos mudamos aquí hace pocos meses, después de que a Mike le dieran la oportunidad de trasladarse a la oficina local de la compañía farmacéutica para la que trabaja. La casa en la que nos instalamos tiene una piscina, y me encantaría organizar algo para conocer a las otras mamás de la escuela este verano, quizás una pequeña fiesta de cumpleaños para los chicos cuando la casa finalmente esté en orden.

En cambio nos encontramos exactamente una vez, y no nos dio tiempo de pasar de los datos más fundamentales. Sé apenas de su esposo Dan, su hijo Tyler, que es un año mayor que el mío. No sé nada de usted Margaret, solo que es valiente. Esta carta de una casi desconocida es para contarle la historia que precede a ese momento terrible en el que nos encontramos las dos.

Lo primero que usted habrá notado de mi es que mi piel es blanca, soy alta, mis manos son de una mujer de clase media con una delicada cadenita de oro y mi anillo de matrimonio, las uñas manicuradas, el pelo a la altura de los hombros y sin mucho arreglo porque claro, tengo un niño de ocho años que se llama Luke, que va con el suyo a la escuela, y otra de cuatro años que se llama Bella. Mi ropa no está exactamente a la moda, pero es la ropa de alguien que lleva años preocupada por otras cosas. No es un camuflaje intencional, se lo prometo. Es posible que nos gusten los mismos productos para la piel y que pronto vayamos a la misma peluquería.

Lo que no es fácil de adivinar es que mis padres me trajeron en un avión cuando era una niña de brazos, y mis primeros recueros son de un suburbio de Texas. La primera vez que me di cuenta de que no tenía papeles fue a los 16 años cuando quería mi licencia de conducir. Mi mundo se transformó en otro y nunca más pude olvidarme de esta diferencia. Mi futuro de repente descontrolado, más descontrolado que el de otras adolescentes.

Todo eso es imposible de adivinar si usted me ve en el supermercado orgánico, paseando a nuestro golden retriever, si escucha mi acento que no tiene un rastro de nada porque, le confieso con algo de vergüenza, nunca aprendí a hablar el idioma de mi madre. Aún ella me manda mensajes de texto y yo se los respondo en inglés. Simplemente así fue como se dieron las cosas.

No había forma de que usted supiera todo eso en la salida de la escuela ese día, cuando conmoción diaria se transformó en caos porque llegaron los agentes federales y se plantaron en la salida para pedir identificaciones, para tomarnos fotos a todos con sus teléfonos y buscarnos en sus bases de datos. Yo esperaba a Luke y le rogaba que saliera pronto, que pasara desapercibido entre todos los otros niños, y agarraba a Bella de la mano tan fuerte que se empezó a retorcer para soltarse.

Hubo un momento en el que me encontré sus ojos entre los ojos de los demás. Usted me vio la cara de terror, las lágrimas a punto de saltar de mis ojos, mis manos temblando fuera de control. De alguna forma usted vio todo eso antes de que lo viera el agente federal y decidió acercarse a mi, y empezar una conversación tan casual y tan práctica como la que hubiéramos tenido si hubiésemos sido amigas de toda la vida. Su hijo salió primero pero usted no me abandonó, si no que siguió riéndose a mi lado, tocándome el brazo levemente para calmarme, cubriéndome con la invisibilidad de su apariencia de mamá simpática y normal. Tan absolutamente normal como todas queremos ser.

Yo no sabía ni qué decirle, Margaret. Quería contarle todo: que mi vida ha sido una serie de incertidumbres y desastres burocráticos. Que a los 26 años cuando ya estaba casada con Mike pude aplicar a DACA y por fin tener una autorización para trabajar, un número de la seguridad social, una licencia de conducir. Que no, estar casada con un ciudadano no me sirve para nada. Que nunca pude ir de vacaciones a Cancún, ni al funeral de mis abuelas, ni a la reunión de la familia de Mike en Irlanda. Tuve que pagar la universidad sin ayuda del gobierno. Cada dos años debo ir a una oficina hostil a pagar quinientos dólares y poner en la mesa una carpeta de documentos que aseguran que soy quien digo ser, que vivo donde digo vivir. A cambio de too eso no tengo ningún futuro asegurado, ninguna vía que me permita la ciudadanía.

Cuando Luke finalmente salió corriendo del portón de la escuela y se acercó a mi usted me dijo "vámonos en mi auto, para qué llevar los dos!?" y nos subimos todos en su auto familiar que es casi idéntico al mío, y sin decir una palabra nos fuimos al McDonald's donde los niños tienen prohibido ir, y nos comimos nosotras también unas papas prohibidas mientras los veíamos deslizarse por los juegos infantiles como si se hubieran ganado la lotería.

No le voy a mentir: este accidente de mi nacimiento me llena de rabia. No tiene nada que ver conmigo, no hice nada para merecerlo. Siempre he sido la mejor persona que pude ser, hice todo lo correcto. Dan ganas de pensar que nada tiene sentido: ni hacer la tarea, ni seguir el límite de velocidad, ni limitar las horas de pantalla ni evitar que coman papas fritas.

Sentada en esa mesa plástica bajo las luces de McDonald's hablamos, mientras mi corazón volvía de su viaje a mi estómago. Yo no quería sobrecargarla con mis problemas. Para qué contarle que hace dos semanas justamente no sólo estaba yo en medio de una mudanza completa, la casa aún empacada en cajas de cartón, cuando el gobierno decidió que mi lucha de toda la vida se había acabado, y que yo había perdido. Que la frágil seguridad que yo había adquirido en este país, en esta clase media, en esta vida de fantasía. En cambio hablamos de la escuela, de barrio, de los niños: nuestro lugar seguro, nuestra mano en la tierra.

Me gustaría decirle en esta carta que no se preocupe, que tengo un plan. Que existe alguna vía legal que no he descubierto aún, que una intervención del gobierno o la oposición o las cortes me salvarán otra vez, me darán unos años más. Que hay alguna otra vida que me espera en un país donde nunca he estado. Que un día no me arrancarán de mi casa y de mis días, que mis niños nunca tendrán que preguntar por mi. Que mi piel blanca, mi educación, mi estatus de mamá suburbana me protegerán de alguna forma. Que soy valiente, que no tengo miedo, que puedo enfrentarme a cualquier cosa con dignidad. Me encantaría Margaret, pero no puedo.

Al final intercambiamos números y nos despedimos en el ahora desierto parqueo de la escuela. Me fui temblando a mi casa, la adrenalina de todo el día por fin escapando por mis extremidades. Luke y Bella jugaron toda la tarde, jugaron con sus tablets, hicieron sus tareas. Mike llegó a la hora de la cena y cuando los niños se fueron a dormir, en la oscuridad de nuestra nueva vida, repasamos nuestros planes de emergencia. Yo se que usted los tiene también. Yo sé que usted tiene una lista mental de las personas, los lugares, los números de teléfono, las alergias, los miedos de los niños, los mensajes que les tenemos para el futuro. Todas las madres tenemos un plan para la eventualidad de nuestra ausencia.