Estimada señora

Estimada señora

Le hago llegar esta carta de muy lejos, desde otra vida. Quién sabe dónde voy a estar yo cuando usted sepa lo que le pasó.

Hace ocho años llegué a su casa, con mis papelitos en orden. Las recomendaciones de varias familias adineradas, y una lista impecable de cursos al día (de primeros auxilios, manipulación de alimentos, estimulación temprana y mi certificado de inglés profesional). A mí me encantan los niños y me encanta cuidarlos. Nunca hay otra candidata como yo, señora. En todas las casas donde he trabajado siempre han rogado que me quede, que soy parte de la familia.

Yo por supuesto nunca me he creído eso de la familia, porque tonta no soy. Yo ya tengo una familia, y la verdad no es para tanto. Tengo dos adolescentes tontos que fuman mariguana constantemente y se hacen los matones pandilleros en la escuela. A los dos he tenido que criarlos sola, mientras que con la otra mano he criado los hijos de otras. El papá de estos dos se fue un día disque a hacer un trabajo muy bien pagado en Texas, y nunca regresó. Mejor. Nada de esto se lo conté, porque usted nunca me preguntó.

Yo no quería pasar a otro trabajo tan rápido, porque acababa de dejar a una familia que se iba del país. Pero la vecina que me dijo del trabajo me dio a entender que usted era un caso especial. Que tenía una niñita de cuatro años y un niño de seis meses, y con este último se había consumido en una profundísima depresión post-parto. Además de atender a los niños, claro, había que limpiar toda la casa que estaba hecha un desastre, y coordinar con el servicio de las comidas que venían en entregas diarias, ya preparadas y listas para cada miembro de la familia en cajitas rotuladas.

Le voy a confesar señora que yo acepté este trabajo porque yo también tuve depresión post-parto, después del menor. Claro, yo tuve que volver a trabajar en cuanto pude volver a caminar. Lo que recuerdo bien es vivir la vida viendo por un agujero, apenas enfocada en la próxima acción, en lo más a mano, en no abandonar al niño, en darle de comer, en moverse un pie delante del otro, todas las voces llegando de afuera de mi campo visual. Yo no lloraba, no hablaba menos, no caminaba diferente, no le di a nadie ninguna señal. El agujero poco a poco se fue abriendo, hasta dejar entrar alguna luz ambiental, por lo menos para poder respirar mientras seguía trabajando. El trabajo es la inevitabilidad, lo demás pasa.

Es posible que usted ni se acuerde, pero yo le mencioné eso, que yo había tenido la misma depresión que usted. Para entonces ya había estado unos meses con la familia, ya estaba encariñada con la niña mayor, sabía cómo hacer que el bebé se durmiera casi instantáneamente, y acostumbrada a los ritmos de la casa. Señora, usted me miró desde una larga distancia, como si nuestros cerebros fueran de diferentes especies y nunca les pudiera pasar lo mismo. En ese momento pensé: esta mujer me está viendo a través del agujero. Pero también quedé con la duda. ¿Será que esta no puede creer que estuvimos en el mismo lugar, su mano blanca igual que mi mano morena, su desesperación y la mía en el mismo plano?

Su esposo, como todos los hombres, piensa mucho en sí mismo. El señor al principio estaba tan distraído con sus cosas que no se daba cuenta que usted se la pasaba encerrada en su cuarto hablando por teléfono con una larga lista de amigas, y salía de casa solo para ir a sus varias citas psiquiátricas. Si hubiéramos tenido más confianza yo le hubiera aconsejado que se levantara, que se pusiera las pilas, que se pusiera a fregar el piso de la cocina, que no dejara que se la tragara el agujero. Pero no teníamos esa confianza, usted no es mi hermana ni mi hija, usted no es mi familia. Así que yo me limitaba a criarle a sus hijos, que estaban tan chiquitos. Es muy fácil quererlos a esta edad.

Sus anaqueles del baño se fueron llenando de botellitas verdes con medicinas varias. Yo le tomaba fotos a todas y ya en mi tiempo libre, en mi propia casa, las buscaba en internet tratando de adivinar su propósito. En algún momento me robé un par para examinarlas con más calma. Una era pastillita ovalada y blanca, con una pequeña marca para partirla a la mitad. Después de rebuscar entre mis cajones llenos de medicamentos vencidos, al fin encontré un antidiarreico de baja dosis, en una pastilla ovalada y plana, sin marcas. La diferencia era pequeñísima, nadie podría darse cuenta.

Empecé a cambiarle las pastillas muy poco a poco, llevando mentalmente una cuenta exacta de la proporción de verdaderas y falsas. Un cambio aquí, un cambio por allá. Es bueno mantener la cabeza haciendo cuentas, es bueno tener un proyecto con un objetivo. Yo vi cómo usted se iba deslizando de nuevo en su depresión casi imperceptiblemente, un descenso suave a través de los meses.

Usted se preguntará por qué, claro. Desafortunadamente no tengo razones que darle señora. ¿Por qué hace una las cosas? Al principio lo hice porque creía que la estaba ayudando: a mí esas pastillas no me generan mucha confianza. Luego me interesaba la situación en general, como una especie de proyecto: me dio curiosidad ver qué tan loca se podía volver. A veces me la imagino del otro lado del agujero pero hasta contenta de estar ahí, sin querer regresar.

En algún momento su esposo empezó a poner algo de atención. Sus psiquiatras cambiaron, sus citas se multiplicaron. Nada de eso importa, por supuesto, porque todavía tengo acceso a sus medicinas. Yo me dedico a limpiar la casa hasta dejarla como nueva todos los días, en las horas en que la niña va al kinder y el menor hace la siesta. No hay que perder el tiempo señora. "No sabríamos qué hacer sin ti" me dice el señor todos los días, antes de dejarnos en la casa. A estas alturas es cierto: esta casa se va a la ruina si no vengo por dos días seguidos.

Cuando el clima lo permite me llevo a los niños a los juegos infantiles del parque, para no hacerle ruido mientras usted duerme. No le quiero decir cuántas veces se me acercan otras señoras a hacerme conversación, a tratar de contratarme para sus propias casas, pero sobre todo a sacarme información sobre la misteriosa condición suya. Usted que ya ni sale de su cuarto, triste como un burro, sin ninguna razón. Pero yo siempre he sido muy discreta, señora, no se preocupe. No me voy a ir a otra casa porque yo sé que usted me necesita, y sus niños aún más. Va a ver: un día de estos usted se va a levantar con ganas de vivir.