Estimado Dr. Hartley

Estimado Dr. Hartley

Le escribo esta carta con un poco de timidez, pero no tanta como para no enviársela. Se la estoy escribiendo sentada en la mesa del comedor de mi casa, en una ciudad tropical donde las hormigas no se han enterado del desarrollo urbano. Aquí ellas siguen caminando como si estuvieran atravesando la selva, con la misma constancia y en el mismo número. En esta misma mesa, doctor Hartley, hay una pequeña fila de hormigas que miro con sospecha mientras le escribo esta carta inapropiada para un intelectual de su altura.

Lo que le quiero decir es que le escribe una extraña. No sólo en el sentido de que no nos conocemos, nunca nos hemos presentado debidamente. También en el sentido de que usted podría encontrarme extraña, pero no quiero predisponerle. Ya llegaremos al punto de las evaluaciones. Por ahora debe usted saber que nuestra única tenue conexión es que yo soy una de sus seguidoras en las redes sociales. Ahí leo sus artículos y sus opiniones políticas perfectamente bien formadas, y algunas de sus aventuras de la vida cotidiana. Sé que tiene una mujer que se llama Sarah, médico general, de la cuál habla muy poco. A ella se refiere apenas de forma oblicua. También sé que tiene hijos ahora adultos, una muchacha que trabaja en una ONG y un muchacho que hace uno de esos trabajos indescifrables en tecnología. Sé que tiene un gato que se llama Tito, que a veces sale en fotos bañado por la luz de la tarde en su escritorio perfectamente desordenado. Este escritorio a veces hace aparición en el fondo de una entrevista televisiva mucho más limpio, con algunos libros estratégicamente colocados en el fondo, y varios de esos cuadernos Moleskine donde usted insiste en escribir sus borradores a mano. Me imagino que esa costumbre la tiene desde que vivió usted en persona la caída de la Unión Soviética, o del tiempo que pasó en Belgrado durante la escalada de tensiones que abría la época de los noventa.

Claramente es usted una persona curiosa, un hombre de ideas, un tipo que lee y que escribe. Es usted autor de varios importantes libros sobre la doctrina nuclear Rusa y la teoría disuasoria nuclear. Sus libros están llenos de referencias históricas y teóricas que he leído y anotado con cuidado, aunque no he llegado a entenderlas todas. También he visto varias de sus charlas en diferentes foros, ahora disponibles en video en Internet. No sé si se ha dado cuenta, doctor Hartley, pero a través de los años tiende usted todavía a jugar con su anillo de matrimonio, a darle vueltas cuando se pone nervioso. Anoche mismo me dormí escuchando una entrevista de hace algunos meses, épocas más felices, en la que un jovencito le pregunta cosas sobre el conflicto entre Rusia y Ucrania que usted evidentemente considera muy básicas, triviales, sin misterios. Me río un poco para mis adentros doctor Hartley, pensando lo que usted pensaba: a este muchacho le falta leer. Sobre todo "The Red Button: Nuclear Brinkmanship from Cuba to Crimea", que usted publicó hace casi veinticinco años. Pero más que eso le falta vivir la vida que usted vivió, estas décadas de luchar en las violentas trincheras de la academia, de la asesoría política, de la vida pública. Posiblemente este muchacho es de la edad de uno de sus hijos y usted no puede más que verlo con un poco de ternura. Ya a él no le tocó vivir en la historia que sale en los libros, para él todo es desconocido.

Doctor Hartley no quiero interrumpir esta carta pero las hormigas se están subiendo a un plato con los restos de una tostada con mantequilla y jalea de piña que quedaron del desayuno. Aquí eso no se puede dejar así, hay que limpiar todo de inmediato. Me pregunto quién limpia los restos de su desayuno. Estoy segura que será usted mismo, y no Sarah, porque usted es razonablemente feminista y ella tiene un trabajo muy importante. Quizás sea ella, porque usted está ocupado pensando en cosas muy intrincadas sobre gobiernos y países, asuntos de poder global y expansión económica, ventas de armas y crisis de refugiados. Ella quizás pasa en silencio por su escritorio y recoge su plato con tostada, para que no se le suban las hormigas. Ese no es su problema, por supuesto, pero intento aquí una metáfora sobre el deterioro de las cosas. Yo soy mi propia esposa oblicua, así que tengo que levantarme a solucionar esto antes de que se desate el caos mirmecológico.

Listo. ¿En qué iba? Ah si. Usted podrá pensar que esta mujer desconocida, quizás un poco desequilibrada, está obsesionada con usted. Que ha acumulado demasiados detalles sobre su vida privada (se sorprendería usted de lo disponible que está todo esto). Esta mujer improbable además vive en un país periférico, hecho irrelevante por su GDP y su papel casi inexistente en los hechos políticos que han formado la región desde la colonia, totalmente fuera de su área de expertise. Espero que eso le de algo de tranquilidad, no es como que un día me voy a aparecer fuera de su oficina en King's College en Londres, y darle una caja llena de hormigas. No se preocupe, ese nunca ha sido mi intención. Yo lo que quiero de usted es muy sencillo.

Hoy vi una entrevista suya en el canal británico de noticias, porque Rusia anunció que se retiraba de los protocolos de verificación del tratado New START. Además, dicen los alemanes que su inteligencia sabe que han estado moviendo armas nucleares a Kaliningrado. En esta entrevista usted decía que estamos en el ambiente nuclear más peligroso desde la crisis de los misiles en Cuba. Entonces, doctor Hartley, decidí escribirle esta carta para hacerle una pregunta: más o menos qué día y a qué hora me puedo dar por vencida?

Quiero saber cuándo es que los hombres que tienen el dedo sobre el botón mortal de la historia van a bajarlo, y se van a acabar una serie de preocupaciones para empezar otras mucho más existenciales, quizás más pequeñas. No porque tenga muchas cosas pendientes (creo que ya hice casi todo lo que tenía que hacer), pero quiero asegurarme de morirme en la primera ola de lo que sea que se viene. Sé que en mi caso tropical no voy a sufrir el terror inmediato de una nube de material tóxico viajando por el aire, pero si una crisis económica o alimentaria que posiblemente acabará con nosotros.

No quiero sobrevivir ni un minuto más de lo necesario, no quiero presenciar la tragedia monumental de la humanidad. Quiero ponerme las sandalias, bajar dos pisos hacia el nivel de la calle, caminar hacia el mini-mercado del barrio, comprarme un paquete de cigarrillos, nunca más recoger un plato sucio con ningún tipo de urgencia. Sé que pensar en el fin del mundo es un anacronismo pero yo sé también que usted me comprenderá, al fin los dos crecimos en el mismo lado de la historia, con una intuición de un final completo e inminente, en el que nos sobrevivirán las hormigas. Por favor no me diga que es complejo, que hay procesos, que se desencadenan relaciones de hechos y consecuencias. Le pido que me ahorre los detalles. Me conformo con un rango aproximado de fechas para perder la razón, para volver a vivir como si no hubiera futuro. Muchas gracias.