Estimado José Luis

Estimado José Luis

En este momento debes pensar que cometiste un error porque me agregaste inocentemente a tu Instagram. Si, posiblemente fue un error Lucho, porque ahora está esta carta en tus manos. Todo esto te va a parecer desubicado y repentino, pero qué esperabas de mi? Hace años que no nos vemos, pero como te podrás imaginar hay cosas de mi que eran permanentes, inmutables, imposibles de superar.

Mi memoria más viva de vos es de esos primeros meses que pasamos juntos en la universidad, en la escuela de Informática. Claro que eras diferente a los otros muchachos porque ahí todos éramos tímidos y retraídos, en cambio vos eras guapo y extrovertido, el alma de varias fiestas a las que yo no estaba invitada. Cuando llegabas al laboratorio, animado por quién sabe qué mecanismos internos, cambiaba el aire. Para peor, Jose Luis, era obvio que eras inteligentísimo. Ese cerebro tuyo anunciaba para mi la destrucción total de mi propia autoestima. Hacías todo mejor que yo, mejor que cualquiera. Me enamoré de vos instantáneamente, algo que nunca más me volvió a pasar. Pero como siempre pasa, ahora sé que me enamoré de una versión de mi misma que no existía.

¿Te acordás cómo nos besábamos? Todo el tiempo, con hambre. Ahora que lo pienso, debimos habernos besado aún más. Pero no te hagás ideas, ahora ya no quiero besarte. Esta no es ese tipo de carta. Siento desilusionarte una vez más.

Tu cuenta de Instagram me dice que estás casado y que tenés dos hijas preciosas. Me encanta tu esposa, que es más joven que nosotros, está bien. (Una cantidad de años perfectamente razonable, Jose Luis, no te estoy juzgando). Sé que vivís en el barrio donde vivían tus papás, bastante cerca de ellos. "Qué bien", te diría en persona, "qué tranquilidad eso de tener a toda la familia junta". Son cosas que digo porque a la gente le gusta escucharlas: a mi me aterroriza la idea de vivir ahí. Ya me daba horror tu familia en ese entonces: tu mamá pensaba que yo tenía algún tipo de retraso mental, no nos entendíamos nada cuando la otra hablaba, como si viniéramos de países lejanos.

Con vos logré salir de mi timidez para convertirme en una muchacha más o menos normal por un tiempo. Me atreví a alejarme algunas horas de la computadora, que era mi única amiga. Nunca teníamos dinero, siempre estábamos al borde de la ruina, salíamos a bailar los fines de semana a lugares que a la luz del día serían monstruosos, entre las luces intermitentes y los ritmos electrónicos que se repetían en la cabeza por días. Regresábamos con tus amigos a casas desconocidas, para dormir todos desparramados por el suelo o entre muebles roñosos. Nos íbamos a trabajar a nuestros empleos precarios dos o tres horas después, completamente destruidos.

Decidimos que estábamos enamorados, como se decide comprar un auto usado. Tu mamá lloró cuando nos fuimos a vivir juntos al apartamentito de Santa Clara. Era un edificio pequeño, de tres pisos, y nosotros vivíamos en el segundo en escasos cuarenta metros cuadrados. El edificio estaba lleno de familias y viejitos que habían estado ahí toda la vida, sentados en sillones forrados con plástico. Encontramos la mitad de nuestros muebles en la basura y la otra mitad fueron heredados de tu hermano mayor. Fuimos felices aproximadamente una semana, celebrando nuestra nueva independencia, comiendo sentados en el suelo.

Después claro, siguieron todas las otras semanas. Las de la realidad. Llegábamos exhaustos del trabajo, vos en el departamento de IT de una multinacional, yo en una empresa de software local liderada por pequeños tiranos. En el apartamento seguíamos trabajando, estudiando, recalentando comida china en el microondas, cada uno tratando de desaparecer en el pulsar electrónico de sus propios audífonos. El apartamento se hizo pequeñísimo, y no podíamos ni movernos sin que el otro se diera cuenta. Recuerdo que tratamos de romantizar, aún ese momento, lo que fue esa época miserable. Sufríamos mucho, pero no me acuerdo muy bien si fue porque éramos infelices, o porque todo el mundo sufre a esas edades.

Un día llegó un gatito al portal del edificio, claramente abandonado y casi recién nacido. Lo adoptamos tan rápido que pensé que tenía dueño y nos lo habíamos robado. Nos estábamos volviendo locos ante la presencia del otro y había que involucrar a un tercero. El gatito lloraba toda la noche y yo estaba desesperada, quería dormir, quería salir corriendo de esa situación imbécil en la que me había metido. Quería estar sola y en silencio, de ser posible en el vacío del espacio exterior. Los vecinos se quejaban del gato que no paraba de maullar. Nos encontrábamos en la cocina sin hablar, a las tres de la mañana, mirándonos como fantasmas. Dejamos de besarnos.

Tu mamá llamaba todos los días. Vos te ibas a hablar con ella afuera del edificio, porque no había espacio para no hacerlo sin verme la cara. Estoy segura que le dabas la razón. Yo me quedaba arriba con la computadora y con el gato, que maullaba porque tampoco me quería. Y claro, ahora a la luz de los años nos veo con tanta ternura. No teníamos idea de lo difícil que es convivir con otra persona, de conocerla a ese nivel prácticamente indiferenciado en el que no se sabe dónde empieza uno y termina el otro. Es fácil enamorarse de la versión imaginaria de una misma, la que es feliz sin obstáculos.

Un día regresaste del trabajo y yo ya me había ido solamente con mi computadora, dejándote un mes de alquiler en un sobre morado sobre la almohada de la cama. Te abandoné, como si abandonara a dos gatos, con culpa pero sin mirar atrás. Cuando cerré la puerta me imaginé a tu madre sonriendo satisfecha por haber tenido la razón.

Creo que lo más vergonzoso de todo lo que me perseguiría por años, es que nunca me buscaste, nunca me llamaste, nunca quisiste que regresara. Estábamos los dos de acuerdo, silenciosamente, en que todo había sido un tremendo malentendido. Pero yo quería que las cosas fueran como en las películas, que saldrías corriendo detrás de mi, dramáticamente, bajo la lluvia. Eso nunca pasó, ni con vos ni con nadie.

Después de dormir dos semanas en el sillón de mi hermana me conseguí mi propio apartamento, aún más pequeño que el de Santa Clara, pero suficiente para estar completamente sola. Viví sola por una década. Nunca más volví a tener un gato y me moría de ganas de preguntarte qué pasó con el nuestro, pero me daba miedo que me dijeras que en el momento en que me fui el gato dejó de joder, y que el problema era yo.

Ahora te agradezco mucho todo ese drama casi adolescente. Espero que haya sido una anécdota divertida de la juventud, que se pierda en tu memoria entre extrañas noches de música electrónica y las luces atravesando nuestros cuerpos jóvenes. Qué ternura. Te mando un gran abrazo Jose Luis, espero que esté mal tu mamá.