Estimado Leonardo:

Estimado Leonardo:

Es posible que usted no se acuerde de mí, pero también es posible que usted me hubiese buscado desesperadamente todos estos años, cómo saber. Nos conocimos hace treinta años (¡treinta!) cuando trabajamos en la misma oficina, haciendo más o menos lo mismo. Es una historia tan remota que me cuesta ya acordarme cómo era yo, lo que pensaba, lo que vestía, lo que me interesaba. Si me pongo a recordar, ese era posiblemente mi primer trabajo. Lo que hacíamos era transcribir entrevistas de marketing en documentos que luego alguien tenía que analizar para venderle cosas a la gente. Suena bastante primitivo, pero así eran las cosas en ese entonces. Yo me acuerdo de usted, porque no tengo otra opción. Le explico.

Hace varios años, el sistema público de salud lanzó una aplicación móvil que le permite a uno registrarse para obtener servicios, sacar citas, hacer trámites. Como siempre ando un poco distraída con esas cosas, traté de registrarme demasiado tarde. Tiene que entender, Leonardo, que yo en ese momento andaba con el corazón roto siempre, porque estaba en la plenitud de mis veinticinco años. En ese momento uno siempre anda un poco destruida, por un amor o por otro, por un trabajo horrible, por una amistad arruinada para siempre. Una vez bajé la aplicación obedientemente, ingresé mis datos personales, y no me permitió el registro, sin decirme por qué. Pensé que quizás alguien había utilizado mi número de teléfono, sospeché del sistema que falla de formas absurdas, usted me comprende. Así me la pasé meses, tratando de registrarme sin poder.

Entonces llegó la pandemia. Ya no tenía tiempo de pensar en esos detalles burocráticos. Las cosas eran de vida o muerte, el sistema de salud estaba ocupado en mantener a la gente viva a toda costa, tratando desesperadamente de evitarnos el contagio, la enfermedad y la muerte. Estábamos aislados, había pánico, no había oxígeno en el hospital. Era absurdo pedir ayuda burocrática en ese momento. Eventualmente las oficinas del sistema de salud volvieron a abrir, poco a poco. Para ir a la oficina en persona teníamos que pararnos a dos metros de distancia el uno del otro y utilizar mascarilla, no podía haber más de cierto número de personas a la vez dentro del edificio, así que me paré en una larga fila en pleno centro de la ciudad para tratar de resolver la situación.

Ahí, un pobre hombre enmascarado me dijo: "Aquí dice que su nombre es Leonardo. Que es usted un hombre." Yo casi le respondo que ya quisiera yo, Leonardo, porque la verdad es que ser mujer en este país, en este mundo, es un desfile de horrores. Pero bueno, me armé de paciencia tercermundista y esperé una hora para que me atendiera el único experto en informática entonces presente en todo el edificio. Este otro muchacho me hacía preguntas locas: ¿trabajó usted para la universidad? ¿vivió usted en esta otra provincia? ¿cuál es su fecha de nacimiento, esta o esta otra? ¿Usted conoce al señor Leonardo? Su diagnóstico fue que de alguna manera dos registros en la base de datos se habían fusionado. El suyo y el mío.

Le pido que me disculpe, pero yo tuve que sacarlo a usted de las profundidades de la memoria, de una época en la que no tenía idea de lo que me esperaba en esta vida larga y conflictuosa. Yo no había conocido al tipo con el que me casé, y del que luego me divorcié. No me había pasado nada de lo importante. Leonardo, yo lo recuerdo. Era usted un muchacho más joven que yo, con mucho talento, quizás demasiado amable con los demás. No éramos ni amigos ni enemigos, no hablamos demasiado porque teníamos que transcribir, solitariamente, las entrevistas de marketing. Y sin embargo, terminamos de alguna forma siendo uno solo en la base de datos del sistema de salud, el registro más sagrado de la patria, una especie de matrimonio involuntario. Usted entenderá mi pánico, mi repentino horror. Inmediatamente pregunté cómo se podría solucionar tal desgracia, pero por supuesto el muchacho de informática me envió a casa con una promesa nada más.

Al día siguiente, desconfiando de todo, envié un correo electrónico al departamento de informática para tener al menos un número de caso al que darle seguimiento. Ahí tuve que escribir el párrafo anterior de esta carta, casi palabra por palabra, para hacerme explicar otra vez. Alguien respondió al hilo de correo eventualmente, constatando que no soy una señora imaginándose cosas, sino que todo esto en realidad me estaba pasando. Que mientras no lograran desvincularnos en el universo de la base de datos estábamos destinados a ser la misma persona. Me regresó un poco el pánico, pero esa pequeña validación me hizo sentir que todo iba por buen camino, que el sistema funcionaba mejor de lo esperado, que todo se resolvería sin problema.

Después de varios meses de silencio, volví a escribir para darle seguimiento al caso y me respondieron que no había novedad. Está bien porque la vida es complicada, Leonardo. Hay que tener paciencia. En nuestros países somos monjes de la paciencia burocrática, estamos dispuestos a enfrentarnos a todo. Yo, por ejemplo, estaba considerando volver con mi esposo, porque uno a veces tiene ganas irresistibles de irse a tropezar con la misma piedra.

Un día, en la primera plana de todos los periódicos, la noticia principal es que el sistema de salud había sido hackeado por un grupo extorsionista. Todo el sistema estaba comprometido y había que pagar una suma millonaria para que lo liberaran. Se desató el caos político y administrativo: en este país nunca hay plata para nada, mucho menos para pagar un secuestro informático, mucho menos fuera del presupuesto ordinario aprobado por una maraña de mecanismos de control contra la corrupción y por los mecanismos de la corrupción misma. Era imposible. Leonardo, quizás usted sepa mejor que yo cómo se resolvió este tema, que tardó semanas en no avanzar. Yo estaba distraída y ya decidida a no volver a tropezarme, a menos que fuera con una piedra mejor. Lo único que hice fue ir al sistema de servicios para constatar que mi número de caso todavía estaba ahí, y ya no estaba. Había desaparecido por completo el sistema de atención de casos. No había nada de eso ya. Tendría que volver a empezar.

En este punto pensé en contactar a los hackers para decirles que quizás yo les podría ofrecer una modesta suma para limpiar la base de datos, en particular nuestro registro, y por fin desvincularnos uno del otro. Yo no dudo que usted sea buena persona, pero esta unión arbitraria y no consensuada me produce ansiedad, y si esa ansiedad me llegara a producir gastritis o migrañas simplemente no podría ir al doctor, porque no tendría cómo registrar una cita.

Ya había perdido toda la esperanza y dejé pasar al menos un año. Pensé que debía darle tiempo a los pobres muchachos de informática para que se recuperaran de esa situación. Hay que darse tiempo para sanar, me dijo la psicóloga que pago en el sistema privado. No volví con mi ex-esposo. Pero bueno, siempre seguí pensando que debía arreglar la cosa, no dejarme vencer por el aparato institucional. Esta mañana, más por mecánica que animada por ningún tipo de esperanza, traté de registrarme en el sistema y de casualidad funcionó. ¡Funcionó, así nada más! No le podría explicar la felicidad que sentí al ver mis datos ordenadamente desplegados en la pantalla de mi móvil. Un milagro moderno, una maravilla. Bailé en mi cocina, llamé a mi madre para contarle, fue un acontecimiento en mi vida. Igual no puedo obtener una cita porque no hay ninguna disponible, ¿pero no le parece increíble?

Esta es una especie de carta de despedida, pues, Leonardo, porque hasta aquí ha llegado nuestra relación. Espero poder olvidarlo ahora, porque no me parece correcto tener a quien es prácticamente un extraño dando vueltas en mi imaginación. Ha sido un gusto compartir mi expediente de salud. Espero que usted, como yo, haya encontrado una forma de desvincularse de lo que no le hace falta.