Querida Catalina

Querida Catalina

Cuando nos conocimos en la universidad sabía que seríamos grandes amigas para toda la vida. Vos, Olivia, Mariela y yo, éramos inseparables. Hasta llegamos a parecernos, decía mi mamá. Coordinábamos las clases para ir juntas, salíamos a tomar vino barato en los parques los fines de semana, nos gustaban los mismos muchachos.

Cuando quedaste embarazada lloramos todas, creíamos que era una tragedia, pero a vos te pareció normal. "Soy de campo", dijiste. David, que era tu novio, no se quedó mucho tiempo, aunque así decidiste ponerle ese nombre a la criatura al final. Igual que su papá ausente.

Te hicimos un baby shower, bailamos como locas y nos reímos con tus tías, que nos contaban historias de horror sobre la maternidad. Y claro nosotras éramos jóvenes, y queríamos que todo siguiera como estaba. El bebé nació, y vos estabas ocupada. Era natural que nos distanciáramos un poco. A las salidas de chicas ya no venías tanto.

Claro ya para entonces estaban las redes sociales que era fácil ver fotos. Tu David era un bebé precioso, en un momento ya estaba caminando. No tenía nada de pelo. Era un bebé risueño, como vos. Nosotras te visitamos un par de veces y claro que te invitábamos, pero sabíamos que para vos era más difícil salir, porque ser mamá soltera no es fácil.

Recuerdo una foto que pusiste el primer día del primer grado de David. ¡Qué guapo tu baby, mira esa carita preciosa!, te dejé un comentario. Más fotos de David, de sus cumpleaños, de vacaciones. Dejaste de poner cosas por un tiempo. Difícil, me imaginé.

Para entonces ya llegó nuestro turno. Primero Mariela se embarazó de los gemelos, después Olivia, y yo no quise pero terminé juntándome con Pablo, que ya tenía a Gaby. Y así la maternidad nos fue sorprendiendo a todas, de diferentes maneras. Estábamos todas ocupadas siempre. Dejamos de vernos un tiempo, porque en esa época parecía que nos estábamos ahogando un poco, siempre en carreras.

Te lo escribo porque hasta ahí todo normal, es la experiencia ordinaria de las cosas. Un día noté que empezaste a poner otra vez fotos en las redes. Primero una foto de tu chico en el colegio. ¡Claro, qué guapo con su uniforme y el pelo largo! Le dí Like.

Poco después pusiste una foto de David cuando se iba a la universidad. Nos llamamos para juntarnos otra vez, para establecer una noche de chicas, un compromiso firme de una vez al mes. En esas salidas nos contabas que David estaba estudiando ingeniería civil (¡qué divino!) y que tenía una noviecita muy linda.

Se casaron muy jóvenes, me dijiste, un poco alarmada en el teléfono. Pero está bien, Cata, no te preocupés, él es un muchacho muy serio, muy definido, no te hagás problemas. Tiene trabajo, está sólido en lo que quiere, te van a rendir esos nietos. Y era cierto, tus nietos llegaron de inmediato. Eras una abuela jovencita, parecías la mamá de esos chiquitines. Esa es la ventaja de salir de los hijos temprano, decías, feliz.

Y así pasaron los años, Catalina, y nos veíamos en las noches de chicas, pero luego Mariela se enfermó y nos dejamos de ver. Y claro yo tuve mis problemas con Pablo, me ausenté un poco. Cada una se fue enredando en su propia línea de tiempo, y cada vez era más difícil desenmarañarla para vernos.

Un día en tu perfil vi una foto de tu hijo en un bote, con una caña de pescar y un pescado. Una foto de hombre de la mediana edad, un poco arrugadito. Pobre chico, pensé, qué trabajo tan estresante tendrá. Estos muchachos ahora tienen tantas preocupaciones, la vida es tan diferente.

Luego lo vi en la foto de Navidad que pusiste de la familia. "Feliz Navidad de parte de la familia Jiménez". Y ahí sale tu hijo, otra vez calvo. Tuvo pelo y ya no lo tiene más. Una tragedia genética, pensé, regalo del padre. Todavía guapo, claro. Y al lado de él unos adolescentes que después entendí que son tus nietos. ¿Cómo, Catalina? ¡Si vos estás igual! No es posible, pensé. Pero no le di muchas más vueltas.

Un día por ahí vi un aviso de la empresa de tu hijo que me llamó la atención: felicitamos al Ingeniero Jiménez en su jubilación, después de haberle dado a esta empresa toda una vida de dedicación profesional. ¿Cómo toda una vida? ¡Si es un muchacho!, pensé. ¿Cómo se va a jubilar? Pensé bueno, qué suerte tiene, se quedará más tiempo criando a sus niños, se dedicará a sus hobbies, a la consultoría independiente, a viajar, a pasar tiempo con Catalina, qué sé yo. Pero cuando te pregunté me aclaraste que tus nietos ya están en la universidad, que tu hijo y su esposa habían vendido su casa y se iban a una serie interminable de cruceros exploratorios por la antártica, alaska, los manglares de asia, las islas del pacífico. ¡Qué aventura!

Y claro, después llegó lo difícil. En la noche de chicas nos confesaste que la estaban pasando mal, que en uno de sus exámenes rutinarios de la próstata a tu hijo le había salido una anormalidad, que tenía cáncer. Y claro entonces toda la familia se volcó en cuidados y en tareas de recuperación, y tu hijo parecía mucho mejor. Se veía bien, con un poco más de fuerzas, al terminar con las primeras rondas de radiación.

Poco después nos contaste, con mucha alarma, que se cayó en su casa y se quebró una cadera. Quizás la radiación le había debilitado los huesos. Quedó en cama tratando de recuperarse, muy deprimido. "A esta edad ya es difícil recuperarse de una cosa así" escuché decir a Olivia. ¿Cómo "a esta edad"?

Anoche en el funeral cuando lo vi en el féretro lo vi pequeñito, arrugado, calvo, como cuando nació. Un hombre de cien años. ¿Cómo pasó esto, Catalina? Alrededor no estaban solo sus hijos, sino sus nietos, y en sus brazos también había bebés diminutos. Cuando me acerqué estabas tranquila, y lo único que me dijiste fue "ya descansó", lo que dice la gente cuando llega una hora inevitable que se aproximaba lentamente, y no a toda velocidad.