Querida Dra. Isabel Chang

Querida Dra. Isabel Chang

El diagnóstico formal, al que hemos llegado después de meses de pruebas, es inconcluso. Puede ser encefalomielitis miálgica, síndrome de Fatiga Crónica. Puede ser una condición derivada del virus, que no logramos entender todavía. Parece una enfermedad inventada para no trabajar. A mi siempre me gustó trabajar, desde la escuela de medicina, las primeras residencias, las rondas largas y repetidas. Fue ahí donde nos conocimos, Isabel. Un cuerpo enfermo después del otro, una queja después de la otra, un dolor que sigue inevitablemente a otro dolor. Trabajé sin parar aún cuando, habiendo decidido por la medicina general, mi horario era tranquilo y diurno. Trabajé como trabajan los médicos, ignorando mis propias debilidades físicas como si saber de ellas me garantizara una excepción.

El día que llegué a buscarte a tu consultorio me dijiste que durante la pandemia explotaron los diagnósticos neurológicos, los síntomas del sistema nervioso central, todos los corto circuitos entre del cuerpo y sus impulsos cerebrales. Una mezcla de trastornos que pueden ser parte del virus, o del trauma del virus. Ese día hablamos en términos muy técnicos, claro, como colegas. Pero después tuve tiempo de contarte que todo comenzó con la muerte de Mario, que fue una de las primeras víctimas del fin del mundo.

Como a Mario le gustaba trabajar de noche y a mí de día, teníamos poco tiempo en común. Los cinco años que vivimos juntos están hechos de coincidencias, de una sincronización de horarios que a veces parecía más dejada a la suerte. Nos conocimos trabajando juntos en el hospital, y en el futuro tendríamos hijos, viajes, otras cosas. Por ahora éramos como amantes clandestinos, de encuentros limitados. Eso hacía que nos conociéramos menos que otras parejas, que fuéramos siempre un poco extraños y que pensáramos que tendríamos toda la vida para llegar a conocernos bien. Toda la vida.

Yo sé que el síndrome de estrés postraumático es uno de los elementos de la fatiga crónica, pero no el único. Algo le estaba pasando a mis células, sentía que me estaba muriendo despacio de tejido en tejido. Después de la incapacidad de la muerte de Mario vino otra incapacidad porque no podía levantarme de la cama más que para arrastrarme al baño, a abrirle la puerta a doña Rocío para que lavara los platos y me hiciera algo de comer para toda la semana. Hubo exámenes, diagnósticos inconclusos, todo el mundo le dio muchas vueltas al problema. Doña Rocío es quien, hasta hoy, me mantiene con vida.

Mario murió en la primera ola de infecciones locales del virus, en un hospital público en el que el pánico desbordaba cualquier capacidad médica y logística. Era médico de emergencias, y ahí se contagió, de alguien que también se estaba muriendo pero todavía no sabíamos muy bien de qué. A él siempre le gustó el turno de la noche, que era el peor, lleno de heridos de bala y el goteo constante de sobredosis que genera la ciudad. De pronto se enfermaban los doctores y los paramédicos. Se acababa el espacio en sala de cuidados intensivos, había que hablar con el director, con el jefe del director, con el ministro de salud. Traslados, arreglos, gritos de impotencia. Vos te acordás.

Un privilegio médico que la otra gente no tuvo es que pude ir a ver cómo Mario se me iba de las manos en el hospital. Las últimas palabras, suspiros, intimidades, pequeños nombres, todos nos los pudimos decir entre barreras de protección estéril. Al menos no tuvimos que compartir todo eso como lo hacían los demás, por teléfono, mientras una enfermera te hacía el favor de mostrarte a tu esposo, a tu mejor amigo, a tu madre o a tu hijo, muriéndose con una mascarilla escasa, con oxígeno que se necesitaba para otros pacientes, para otros menos condenados a muerte.

Desde entonces empecé a sentir una pesadez en los huesos, una fiebre interminable que iba y venía. Era el duelo. No era una nueva sensación porque yo ya había recorrido este laberinto varias veces, perdida por meses, para luego ir saliendo muy poco a poco tocando siempre la pared de la izquierda. El tiempo me iba llevando por el camino correcto. Pero esto que me pasó con Mario era diferente a la muerte.

Isabel, te busqué porque ya habían pasado seis meses de inmovilidad. A veces recibía un correo del trabajo, donde estaban buscando cómo despedirme sin meterse en tantos problemas legales. Necesitaban manos. La gente todavía se estaba muriendo. Yo no les facilitaba la tarea porque estaba demasiado agotada para responder a un correo electrónico. Se me ocurría una respuesta, cerraba los ojos, no los volvía a abrir. Necesitaba un dictamen, una justificación de largo plazo.

Los especialistas, incluyéndote, me aconsejaron que me pusiera metas alcanzables. Por ejemplo fue idea tuya que me vistiera y saliera a darle una vuelta al parque que está cerca de mi casa, subiendo una pequeña colina desde donde se puede ver a lo lejos cómo se desparrama la ciudad hacia el centro del valle. Logré hacerlo una vez a la semana. A la mitad, la pendiente se convertía en una montaña completa por escalar. Descansaba. Tomaba aire. Los pulmones ardiendo, me imaginaba a Mario muriéndose como un pez sacado del agua.

Una vez que logré llegar hasta la cima hice una pequeña celebración mental mientras intentaba recobrar la vida en una banca. A mi alrededor la gente de mi edad corría, empujaba coches de bebé, hablaba animadamente con sus amigas, algunas todavía usando mascarillas porque esta emergencia nunca se acaba. Un mundo ajeno y prohibido por mi cuerpo. Eso sólo me angustió más.

Decidí empezar a ir al parque de noche, cuando estaba desierto y cubierto por la luna reluciente. Con razón a Mario le gustaba la noche. Solo el viento pasa entre las hojas de los árboles, entre los animales dormidos en sus nidos. Nadie corre, nadie respira con pulmones nuevos, nadie juega en los columpios ni en la cancha de basketball. Lo único que se movía de repente eran los mapaches escarbando la basura con sus manitas negras.

Isabel, la noche me ha abierto una puerta. Mis piernas empiezan a responder al esfuerzo, a recordar el ritmo de un paso después del otro como no lo había sentido en meses. Mi cabeza quiere explotar y me doy cuenta de que es el corazón, enviando sangre a las extremidades móviles. Un día después del otro, en el parque, mi cuerpo vuelve a ser mío por unos minutos ambiciosos. Después regreso a casa e imagino el futuro sin Mario atropelladamente, con el corazón todavía latiendo en la boca. Cuando el sol sale me duermo. La luz del día le devuelve el peso a mis huesos de todo lo que ha pasado, el tiempo que Mario y yo pasamos juntos y su ausencia. Las veces que estuvimos de mal humor, cansados, destruidos por el trabajo.

En el parque de noche empiezo a ver a los coyotes. Son dos, parecen jóvenes y ambos machos. Imagino que son hermanos de la misma camada que pronto tendrán que separarse. Al principio pensé que eran el mismo, pero luego empecé a ver las diferencias entre ellos, y luego empecé a verlos juntos. Para ellos yo no tengo forma de presa pero tampoco de depredador. Soy una presencia que camina despacio, tratando de tragarme la atmósfera completa, los ojos cada vez más acostumbrados a la oscuridad. Los coyotes me observan de lejos con la curiosidad muy corta de los adolescentes.

En el día sueño con la noche, en escalas desconocidas. A veces desde la altura de los árboles como un pájaro nocturno, a veces con insectos que no existen abriéndose paso entre la hierba y haciendo huequitos para meterse en la tierra. A veces todavía sueño con Mario, respirando como un mamífero mayor, mientras se desvestía en la oscuridad. En mis sueños favoritos soy un coyote, corriendo por las hierbas altas de la colina, persiguiendo a un ratón o una pequeña zarigueya. En todos estos sueños respiro profundo, me trago el oxígeno con los pulmones de otra criatura.

Isabel, necesito preguntarte cuándo fue la última vez que hubo un caso de licantropía. Sé que te vas a reír. Es posible que conozcás un caso activo y bastante famoso que vi en Internet, en los Emiratos Árabes, de un hombre que se convierte en tigre. Creo que de verdad me estoy convirtiendo en coyote, más allá de los sueños. Que en las noches puedo caminar, mover los brazos poderosamente con la determinación de quien busca comer para mantenerse viva. En las noches mientras doy la segunda vuelta al parque, ya casi capaz de dar una tercera, saludo a los coyotes con los los ojos del mismo animal.

Las semanas pasan y voy al parque bajo temperaturas cada vez más cálidas. En las publicaciones médicas se habla de la vacuna, una maravilla bioquímica creada en tiempo récord. Nada de eso les importa a las estrellas, fijas en el cielo. Ahora le doy muchas vueltas, conozco todos los senderos, las texturas de todos los árboles. Me siento bajo un árbol y cierro los ojos para pensar en lo que va a pasar conmigo, con todos nosotros. Qué vamos a hacer para curarnos de esta enfermedad terrible, de este dolor continuo y de la emergencia sin fin. Cuando los abro es porque el sol ha salido y me está dando en la cara, como un rayo directo. Al lado mío duerme un coyote, enrollado como un cachorro, usando una de sus grandes patas como almohada. Tiene las orejas suaves y el resto del pelo duro y grueso. Huele a animal salvaje, a la noche que se acaba.