Te escribo desde el segundo piso hacia el tercero. Si me atrevo algún día, tendría que llevarte esta carta doblada en un sobre y meterla por debajo de tu puerta, sin necesidad de firmarla. Somos vecinas, ya sabés quién soy. Vivo en el piso inmediatamente de abajo de donde vivís hace tres años.
Tu hermana te ayudó a mudarte, ahora lo entiendo. Escuché temprano los pies de tus sobrinos en el techo, corriendo excitados por la novedad de una mudanza. Pensé que quizás eran tuyos, que tendríamos niños en el edificio, que tendría que preocuparme por este ruido loco todos los días. Mis instintos de vieja irritable se pusieron en alerta. Pero al final del día se fueron y quedamos las dos otra vez en silencio. Vuelven, de vez en cuando, a verte los fines de semana. Me pregunto si querés niños vos, Lucía. Es una pregunta muy atrevida, odiosa, de esas que me meten en problemas.
Yo tuve una niña una vez, Clarita, quien corría y hacía ruidos monstruosos de los que se quejaban los vecinos. A ella le gustaba bailar, bailaba por el piso de la sala y la cocina dando saltos. El vecino de abajo se pasaba dándole al cielo raso con el palo de una escoba cuando se nos hacía tarde, las dos saltando en la sala, transportadas por la música, y entonces se nos acababa la fiesta. Eso fue hace muchos años. El vecino del palo de escoba murió solo en su apartamento, así como me imagino que voy a morirme yo.
Poco después de tu mudanza nos encontramos en el vestíbulo. Nos presentamos. Me dijiste que tu gato se llamaba Enrique, lo cual a mí me pareció terrible. No es de buen gusto ponerle a un gato el nombre de una persona. Pero bueno, Enrique encontró alguna forma de meterse en mi casa por el balconcito de atrás, que está apenas conectado al tuyo por una pequeña estructura de cemento. Por ahí baja Enrique, incontrolable. En las tardes en las que estás en el trabajo, él viene a acompañarme a mí, mientras trabajo en mi escritorio viejo. Le gusta el calor y el ronroneo del ventilador de mi computadora. Ahora me encuentro sus pelos amarillos por todas partes. Desde mi salita trabajo en contabilidad desde casa, para varias pequeñas empresas, desde que Clara estaba en tercer grado. En ese entonces ella estaba loca por las mascotas, siempre quiso que tuviéramos un perrito o un gato, pero yo era mucho más estricta en ese tiempo, estaba muy asustada todo el tiempo tratando de ser una madre soltera adecuada, más o menos normal.
Unos meses después de que llegaste comenzó a venir Javier, creo que se llamaba. Te escuché llamarlo por las escaleras, mientras él bajaba olvidando algo. Estuvo viniendo a verte por meses, y pensé que se quedaría. Vos pensaste también, de seguro. Nunca se sabe. En esos meses fui muy cuidadosa, no quise escuchar más de lo que me tocaba escuchar. Lucía: te confieso que yo también tuve amantes. Cuando estuve jovencita estuve de novia con varios, que nunca me terminaron de gustar porque no eran serios. Eran muchachos ordinarios, ahora lo sé, pero no eran suficientes para mí. Tuve uno que era más que suficiente: guapo, impresionante, pero no se quedó tampoco, porque estaba casado con otra. El papá de Clara. Cuando era obvio que nunca iba a dejar a su mujer por nosotras, ni por ningún motivo, nos dejó instaladas en este apartamento y desapareció. Después de que Clara se fue he tenido alguno que otro, muy separados por los años. Siempre he dejado de verlos con urgencia, con alivio.
Yo creo que Javier no fue tan importante porque poco después te veías mejor. Tu música era otra vez moderna, divertida. Tenías algunas fiestas locas con tus amigas, que son ruidosas y vienen de otros países y fuman en el balcón. Yo no me quejo, Lucía, ahora tengo paciencia infinita para las fiestas. En otra época quizás hubiera buscado el palo de la escoba. Pero ahora cuando otras vecinas las mencionan yo aseguro que no las escucho, que no me molestan, que mis pastillas para dormir son más poderosas que cualquier escándalo entre chicas. Me imagino a Clarita como a una de tus amigas, dando saltos otra vez, volviendo con vos a ser niñas. Pero claro, ella no es como vos, ni como tus amigas. Ella no es como nadie.
Es fácil decir que hice lo mejor que pude. Que nunca supe qué hice que fuera tan irreconciliable, nunca entendí qué fue lo que se me recriminaba. Pero eso no es cierto. Yo estaba avergonzada de mi hija, Lucía. Me parecía fea, descuidada, hombruna. Se cortaba el pelo en el baño cuando no la estaba viendo, siempre parecía un espanto. Volvía de la escuela con el uniforme hecho un estropajo, con raspones en las rodillas, con una franja permanente de tierra debajo de las uñas. Fui dura con ella, claro. Yo crecí con una idea de cómo tenían que ser las niñas. Traté de quitarle todo con jabón, traté de borrarle la personalidad con un cepillo de raíz.
Siempre he querido preguntarte, ¿dónde está tu madre, Lucía? Quizás es que las madres pensamos que somos más importantes de lo que somos, al final. Mi madre se murió cuando yo era una adolescente, y aunque cada vez recuerdo menos de ella, la extraño muchísimo. Lo poco que me dejó fue una estricta adherencia a las reglas, a lo debido, a no molestar a los demás. Me pasé la vida tratando de no estorbar, saliéndome del camino de todos. Yo nunca hubiera hecho una fiesta con mis amigas, nunca hubiera vivido sola, nunca me hubiera atrevido a tanto. Creo que lo más atrevido que hice alguna vez fue tener a Clara, una hija que se fue y que también es como si se hubiera muerto, o como si me hubiera muerto yo.
Te escribo esta carta porque quiero decirle cosas a ella y no puedo. Porque cada vez que lo intenté, que quise levantar la bandera blanca, del otro lado solo encontré silencio. Supongo que así pasa con todas las rupturas: una no es la que decide si la otra persona quiere estar para vos. A mí me enseñaron que se le debía algo a la persona que te parió. Que no importa qué tan horrible fuera, siempre le deberías alguna palabra, algún tipo de perdón. Pero ahora sé que no es así. Que para ella es posible ser libre de mí, de mi rigidez y de mis límites. Ahora solo me queda la paciencia, hacer la contabilidad de este año fiscal, ver a Enrique entrar por el balcón y ponerle un poquito de leche.
Lucía, yo no quiero que nos hagamos amigas, ni que me tengás lástima, ni que me vengás a visitar. Solo espero que no te vayás muy pronto, porque quiero seguirte escuchando ser libre. A ver si puedo aprender, aunque lo que aprenda ya me encuentre vieja, encerrada, irritable, desconocida por otros. Quiero que me dé tiempo de ser testigo de tu vida como una muchacha ordinaria, imperfecta. Lo que quiero es otra oportunidad.