Querida Sari Baldauf

Querida Sari Baldauf

Según he estado leyendo, cuando empezó usted a trabajar en Nokia un teléfono móvil costaba cuatro mil dólares, y solo un millonario o un loco podía comprar uno. Estoy segura que se acuerda. Yo ni imaginaba que esto existía, solo en las películas de ciencia ficción. Algunos de los peores tipos del mundo lo compraron: hombres adinerados de Wall Street, productores de Hollywood, magnates de los bienes raíces. Aun esta extravagancia tenía una lista de espera enorme, de miles.

Casi diez años después cuando ya usted era presidenta de la división de Sistemas Celulares de Nokia, firmó un acuerdo con Motorola para compartir la propiedad intelectual que sostenía las llamadas. Esto permitió establecer un estándar abierto, en el que todas las empresas podrían participar, y así todos nos llamaríamos a todos sin problema. En el comunicado de prensa dijo que “la arquitectura abierta será el factor clave en el éxito del GSM a escala mundial.” Y era verdad. Eso lo sabía usted desde entonces, que esas conexiones eran lo más importante.

Lo que yo quiero preguntarle, Sari, es si alguna vez cerró los ojos y vio todo esto que está a nuestro alrededor. No sólo lo bueno, lo maravilloso, lo intensamente humano. Cómo iba a saber de la Internet, por ejemplo, que llevaría el teléfono a ser completamente otra cosa. Para usted también debió ser una sorpresa.

La chica que trabaja en este café donde estoy escribiéndole esta carta está trabajando, pero también está hablando por su teléfono móvil cada segundo en el que no está activamente empleada en la atención de un cliente. La veo hablando mientras maniobra la máquina de espressos y hace esas pequeñas figuritas con la leche espumada en la superficie del café. Creo que habla con su madre, por varias horas seguidas. Hablan de sus vidas, de sus hermanas. Ella le va narrando la vida del café, le cuenta lo que pasa con los clientes, quiénes son, cuándo se van. Me pregunto qué le dirá de mí, cuando me voy.

Es difícil especular sobre estas conversaciones unilaterales que ahora escuchamos por todas partes. Abogados discutiendo con sus clientes, novios hablando con sus novias, padres con hijos, amantes con amantes. Lo más claro para mí es que la gente siempre quiere estar en otra parte, con otra persona. Quizás eso también se lo imaginó, viendo por la ventana de su oficina en Helsinki, esa ciudad que me imagino siempre en invierno, en un día cortísimo con límites en la oscuridad.

Yo debo confesar que me resistí al principio. En el 2003 ya había 1000 millones de suscriptores móviles en el mundo. Yo no era una de ellas, porque francamente me parecía terrible la idea de estar disponible y encontrable en todo momento. Yo era una mujer joven y no conformista. Pero fue más o menos en ese año en el que me di por vencida. Mi primer teléfono fue un Nokia, precisamente. Era un ladrillito. Enviar un mensaje de texto costaba algo de dinero. El aparato solo funcionaba entre los estrictos límites de cobertura de la ciudad.

Y claro, muy poco después llegó el iPhone y el teléfono dejó de ser un teléfono y se convirtió en una computadora. La mitad de la población del mundo estaba conectada por móvil. Eso yo no lo sabía en el momento, pero estoy segura que ese número sí estaba al alcance de sus dedos. Creo que lo más impresionante para mí es que los primeros veinte años de todo esto fueron lentos, técnicos, silenciosos. Y los próximos veinte fueron explosivos, descontrolados, incendiarios.

No sé si ha viajado en un Uber últimamente. No sé si hay Uber en Finlandia, donde aún hay derechos laborales. En mi ciudad ahora hay taxis que se manejan solos, pero no he querido dar ese salto, he tenido esa otra resistencia. Hace poco llamé a uno y el hombre que lo manejaba llevaba la cámara de móvil apuntando a sí mismo, en una transmisión continua y en vivo hacia su casa, donde una mujer descansaba viendo la televisión, sin decir nada. Al menos no mientras yo iba en el auto. En esta videollamada constante estaban él y esta mujer, en un ejercicio extraordinario de telepresencia, pasando el tiempo juntos. ¿Quién no prefiere estar en su casa, en vez de llevar a una señora extraña a su casa? ¿Quién no preferiría una economía menos precaria, donde un solo trabajo alcanzara para sentarnos juntos toda la noche y no decir nada, frente a una única pantalla?

Sari, esas llamadas silenciosas son las que más me cuesta comprender. ¿A quién está dejando atrás, dónde es que quiere estar? ¿Qué distancia separa su cuerpo de su propia vida? ¿Si no fuera por la sobrevivencia, por el trabajo, por el capitalismo, dónde estaríamos en el mundo? Ahora todos estamos desplazados de alguna forma, caminamos hablando solos con audífonos invisibles, como los locos.

Sé que pasó varios años en Asia y el Pacífico, no solo trabajando, sino también viajando y aprendiendo. He leído que le interesaba más conocer de otras culturas, de usted misma, más que de las demandas de los accionistas. Pero no se sabe mucho así que me toca especular: es una mujer finlandesa sin historia personal, más que su interés por el festival de la Ópera de Savonlinna, que sucede en un castillo medieval.

Cada mañana me siento en el balcón, en una posición y una hora que me permite ver llegar a una de las mujeres que trabaja en el mantenimiento del edificio. Nunca he visto a esta mujer separar los ojos del teléfono. Los tiene fijos en la pantalla cuando viene caminando, cuando empuja la escoba y el trapeador, cuando trata de alcanzar los rincones más altos y cuando al final del día por fin se va. No me atrevo a acercarme lo suficiente para saber qué hace, con quién habla, qué es lo que ve en el oráculo del vidrio. No la quiero interrumpir, sería como romper un hechizo.

Este mismo trance es el que llevan casi todos los habitantes de la tierra. Los veo en el transporte público, en el parque, en el museo, en el cine. Tanto en lugares de espera, de trabajo, aburridos, como en lugares en donde se supone que queremos estar, con la gente que más queremos. Ya no hay diferencia, estamos todos en varios mundos a la vez.

En el 2004 se retiró usted de Nokia citando razones personales y por lo tanto, misteriosas. Desde el punto de vista de todos estaba en la cima, era una de las mujeres dueñas del mundo. No hubo drama, no hubo libro de memorias, no hubo circuito de entrevistas y conferencias, sino que desapareció. No quiero saber qué pensó ni cómo eligió. No quiero saber dónde está, no quiero que nadie más sepa. Quiero saber qué se siente estar en un castillo rodeado de mil lagos, contemplando una soledad vasta y eterna, un idioma inescrutable, una desconexión intencional.​​​​​​​​​​​​​​​​