Querido Julio Alberto Espinoza

Querido Julio Alberto Espinoza

Querido don Julio

Ayer pasé por la ferretería, como casi siempre lo hago los Martes en la tarde, y su hijo Sebastián me dijo que después de más de veinte años de servicio ha decidido usted retirarse. Ya usted me había dicho que estaba considerando un cambio, un giro total en las condiciones diarias de su existencia. Tantos años atendiendo la ferretería del barrio es mucho, claro, pero no sabía que su retiro sería tan repentino. Me tranquilizan las palabras de Sebastián: no está usted enfermo ni mucho menos. Me hubiera gustado que nos hubiésemos despedido con un poco más de tiempo, en persona. En fin, espero que no le moleste esta sincera carta de despedida.

La primera vez que llegué a la ferretería hace cuatro años usted ya tenía muchos más de estar ahí, viendo pasar la ola de cambio urbano que se llevó este barrio como un tornado. Simplemente le hice mi consulta: necesitaba un destornillador de punta plana y un martillo. Supongo que todos los principiantes llegan a comprar exactamente la misma cosa: las herramientas básicas para la vida humana. La segunda semana llegué por el destornillador de punta de estrella, que era el que realmente necesitaba. Usted me miró con comprensión paterna.

La semana después de esa fui a buscar un bulbo para una lámpara, porque no funcionaba el interruptor de la luz en mi cocina. Como no sabía el modelo y no lo encontraba en la rosca vieja de la lámpara despintada, le llevé la lámpara entera. A usted le hizo gracia y ahí si nos presentamos, nombres y apellidos. Usted, don Julio, fue mi primer ancla en este barrio. No sé cómo fue pasando tan rápido este tiempo, pero ahí estaba siempre usted, ocupado con sus cuentas y distribuyendo tornillos en cajitas de diferentes tamaños.

Después cuando ya tenía algo de confianza me fui atreviendo a más. Llegué a comprarle un alambre, unas pinzas, un adhesivo. Quería arreglar la lámpara, porque cuando la llevé a la ferretería se me cayó en la acera cuando iba de camino a casa, y se le torcieron un poco los alambres.

Me preguntó usted si tenía un lugar ventilado donde trabajar con el adhesivo, si vivía en una casa con patio. Claro que no don Julio, le confesé, vivo en un departamento de tres ambientes en un cuarto piso. Me lo heredó mi abuela, que se murió ahí mismo en la silla donde me siento a ver televisión rodeada de sus muebles de vieja. De seguro usted la conoció alguna vez, o quién sabe, porque ella no salía mucho de casa. Lo siento mucho por su abuela, me dijo usted. Yo no lo sentía tanto.

Yo crecí solo con ella, porque mi madre nos abandonó y quien fuera quien fue mi padre nunca apareció ni en nombre. Estábamos solas en el planeta. Mi abuela no era una persona cariñosa pero honestamente yo no tenía con quién compararla. Usted ya se imaginará don Julio que yo crecí haciéndome cargo de todas mis propias necesidades, nunca tuve a quién pedirle nada, no sé cómo pedir ayuda. Me cuesta confiar en los demás y por eso esa confianza que yo le tengo a usted es profunda, es duradera, es suficiente para confesarle todas estas intimidades que usted quizás no quería saber, porque su trabajo era nada más venderme las aldabas y las brochas que yo necesitaba para arreglar mi departamento, que parecía que se caía a pedazos.

La vieja me sacó de la casa en cuanto cumplí dieciocho años, me dijo "qué pensás hacer?" y yo claro no había pensado en nada, es más estaba resignada a cuidarla a ella por el resto de su vida. Pero resulta que la abuela no necesitaba que nadie la cuidara. Yo se que usted no hubiera hecho eso porque yo veo a Sebastián y él es un buen hombre, uno que alguien cuidó y que por lo tanto lo va a cuidar a usted ahora que se ha retirado. Después entendí que ese era el pacto que hacen muchos hijos con muchos padres, y al que yo nunca pude entrar. Yo en cambio busqué un trabajo en los avisos clasificados de otra provincia y en cuanto me encontré uno me fui de aquí, y no regresé hasta que me llamaron de la comisaría para que viniera a hacerme cargo de la muerte y del departamento.

Después del incidente de la lámpara vine a pedirle un clavo, para colgar un cuadrito. Usted me lo regaló, por supuesto. La semana siguiente pasé por otro clavo, porque el primero se torció cuando estaba intentando colgar lo único que he tenido en toda mi vida, un pequeño paisaje de la provincia que me regaló mi jefe en el día de la secretaria, cuando yo trabajaba en un consultorio dental. Me gustaba ese trabajo. Yo iba todos los días muy bien peinada y con zapatos de tacón medio y en mi pequeño escritorio ordenaba expedientes, recibía el correo, llamaba pacientes para recordarles sus citas. Fue en ese pequeño escritorio donde no se cómo me alcanzó la llamada de la comisaría, como si se abriera un hueco en el suelo que insistiera en succionarme hacia el pasado. No tuve más remedio que abrir un archivo nuevo en la computadora y ponerme a redactar mi carta de renuncia.

A las pocas semanas recuerdo haber venido por un sellador de madera y una lija, para reparar los múltiples e inexplicables agujeros de la mesa del comedor. Además de la silla de la muerte que ya le mencioné estaba en el departamento la mesa con huecos y un aparador gigante lleno de pesados platos de cerámica antigua. La abuela había dejado todo arreglado con la funeraria del barrio, todo pagado. Yo llegué a firmar papeles, nada más. En cuanto abrí la puerta del departamento sentí que volvía a estar profundamente sola, que esa casa llena de cosas de señora solitaria.

Pude conseguir trabajo en el centro de la ciudad, porque donde hay un dentista siempre se necesita una secretaria. Y ya con eso resuelto me dispuse a hacerme otra vida en este mismo espacio, donde ya fui infeliz una vez. El día que sacaba la ropa de la abuela en una gran bolsa de basura conocí a la vecina del departamento del frente. Ella me regaló unas plantas para el balcón que da al patio central, así que pasé por su ferretería para comprar una barrera para que no se metieran las ratas a comerse mis bulbos, ahora que tenía bulbos. Usted me recomendó un fertilizante muy bueno que tiene la ventaja de matar a las ratas.

En el verano pasé a comprar un tope para la puerta, para dejarla abierta y que corriera la brisa por las habitaciones, poco a poco deshaciéndome de la humedad. Solo dos semanas después le compré un ventilador, porque no era suficiente para sacar tantos años de miserias.

Después de unos meses me atreví a preguntarle a usted, don Julio, si habría forma de sacar ese aparador horrible de mi sala. Al otro día llegó Sebastián con su pequeña camioneta, y entre él y otros dos muchachos sacaron de mi vida el armatoste enorme y lleno de polillas, cuatro pisos hacia la calle. Invité a la vecina del frente a tirar conmigo cada uno de esos platos horribles en el suelo y después me puse a barrer los pedazos en un placentero silencio.

Ese mismo día decidí que arreglaría los dos cuadritos de azulejo que se quebraron en el baño. Usted tenía algunos que no eran exactamente iguales a los míos, pero funcionarían. Le agradecí mucho que me explicara con todo cuidado como retirar los quebrados, cómo aplicar el adhesivo, cómo asegurarme de que quedaran bien las separaciones entre los cuadritos. Estaba tan orgullosa de mi trabajo que pasé el siguiente martes por la ferretería decidida a comprar un galón de pintura de color palo de rosa para pintar mi habitación, para que no fuera ya la misma donde yo había dormido como una niña abandonada.

Usted muy prudente me disuadió de arreglar yo misma el mecanismo de la bomba de mi inodoro cuando dejó de funcionar, y me rogó que volviera a llamar el plomero la vez que llegué dispuesta a arreglar yo misma una fuga explosiva bajo el lavadero de la cocina. Esos consejos suyos Don Julio han sido posiblemente los únicos que alguien me ha dado, y yo se los agradezco como si me estuviera usted orientando sobre qué hacer con mi destino, sobre cómo no morirme como una vieja sola en esta silla frente a la televisión.

Don Julio, puedo decirle con toda sinceridad que entre mis ganas de ser feliz y sus sabios consejos, he reconstruido mi vida entera en prácticos y fáciles pasos, con herramientas sencillas y un poco de espíritu de "hágalo usted misma". Que en las noches duermo sola en mi habitación de paredes rosa, que el interruptor de la luz de la cocina funciona, la puerta del balcón cierra sin corrientes de aire. Siento que el departamento ha dejado de deteriorarse, un arreglo a la vez. Ahora tomo café con la vecina, trabajo en la oficina del dentista, seguiré pasando a saludar a Sebastián los Martes y le preguntaré por usted. Eso era todo don Julio. Le deseo mucho descanso y si le mando ese abrazo, imagíneselo como si viniera de una hija que lo encontró a usted cuando lo necesitaba.