Esta es una carta sombra, el reverso de la carta que sí te voy a mandar. La otra dice que tu papá y yo estamos tranquilos, que el nuevo barrio no está mal, que tus hermanas siguen en la universidad por fin, después de haberse ausentado por un semestre completo. Que estamos, como siempre, rezando por vos. Que los abogados siguen trabajando, que hay gestiones que aún faltan. Todas esas cosas que te gusta oír, lo mismo que te decimos cada vez que te vemos, cada dos semanas. Hijo, te queremos. Te apoyamos en todo siempre. No podemos creer que estás en esta situación.
Pero Víctor, yo quiero escribirte otra cosa. Quiero decirte que nunca he sentido una furia como la que siento ahora, que la siento profundamente en el cuerpo, y que jamás pensé que fuera destinada a vos, mi Víctor, mi bebé. Te escribo de esta furia porque creo que sos el único que puede entenderla.
Cuando naciste yo no quería nada más en la vida, estaba completa. Tu padre no podía más de la felicidad, él siempre quiso el varoncito y ya teníamos dos niñas. Yo me enamoré de tus ojos negros, de tu piel llena de pelitos ligeros, de tus manos cerradas en puñitos diminutos. Te amé tanto Víctor, que creí que me iba a volver loca. Ahora a veces hasta te odio, con el odio que se reserva solo para una misma.
Yo creí que lo estábamos haciendo todo bien. La casa propia, las vacaciones de fin de año, la familia unida en Navidad y en Año Nuevo, el barrio de clase media, los domingos el almuerzo con la abuela. Éramos papás modernos, nos interesaban tus notas, tu papá te llevaba a clases de natación, te compramos la consola que querías para Navidad, te gustaba andar en bicicleta.
Hace años que ya no puedo contarle a nadie mi historia favorita, en la que eras un niño tan sensible que llorabas cuando morían los animales de las historias y de las películas. Que teníamos que consolarte, que asegurarte que no existían de verdad. Que eras bueno, que repartías besos entre las tías y que dejabas que tus hermanas te vistieran como a un muñeco. A nadie le puedo contar esas cosas ya, porque cada vez que hablo de vos a todo el mundo se le viene a la mente solo una cosa: la imagen de Laura, la que circuló por las redes y por todos los periódicos. Vos sabés cuál.
Claro, porque después creciste, inevitable. Llegaron tus amigos, adolescentes apestosos que querían hablar como hombres. Llegaron los videojuegos, la pornografía asquerosa que te iba encontrando en la computadora. Tu papá habló con vos, yo se lo pedía. Corrían los rumores de que eras cruel con las niñas del colegio. Yo no lo podía creer, Víctor, porque vos con tus hermanas eras el más dulce, el chico más gentil. Yo no veía todo eso que me decían las profesoras, que tu noviecita se había cambiado de colegio porque te tenía miedo. Qué absurdo. Tu papá te repitió seguramente, al igual que a todos los niños les repiten en este país, que a una mujer no se le pega ni con el pétalo de una rosa.
Víctor, todo esto que te está pasando es mi culpa, porque yo debí intervenir. Pero si te digo la verdad, no sabría qué hacer. Esto no es algo que se le cuente a los hijos, pero el hombre con el que yo estuve antes de tu papá llegó a romperme la cara de un puñetazo. Es lo peor que me había pasado en la vida, hasta ahora. Eso fue hace mucho tiempo, tanto que me di permiso de pensar que ya no tenía nada que ver conmigo. Después me encontré con tu papá, un hombre bueno y protector, que nunca me ha levantado la mano. Pero ya ves: yo no pude salir, y no sabría cómo sacarte de esta vida, de este barrio, de este país de hombres violentos.
En esta carta sí te puedo decir que te merecés estar en la cárcel. Es lo peor que una madre puede decir, pero es cierto. Me duele todo el cuerpo cuando lo pienso, cuando lloro en la mesa de la cocina en medio de la noche, con la luz apagada, para que no se despierte tu papá. Me hace sentir que me ahogo, que me arrastra una corriente poderosa.
Solo una vez hablé con Laura. Muy linda, un poco adelantada para vos, me pareció. Así pasa: las muchachas van más rápido. Fue una visita corta que hizo a la casa, creo que se interesó por las macetas y las plantas de la cocina, me hizo preguntas educadas. Nada más. Y ahora, Víctor, mi vida gira alrededor de esa chica. Lo sé todo sobre ella, sobre su familia, sobre sus episodios depresivos, he visto fotos de ella en cumpleaños y vacaciones. Y claro, las fotos de ella hinchada, desfigurada, en cuidados intensivos con el cuerpo lleno de tubos. Traté de hablar con su mamá pero fue imposible, y no la culpo. A veces pienso más en Laura que en tus hermanas, que también han sufrido de formas que todavía no llego a saber. A todas nosotras nos quitaste todo.
A veces me gustaría saber de dónde viene esa furia. ¿Cómo llega tan fácil a las manos de los hombres? Nosotras no traemos eso, o al menos nos enseñan a empujarlo hacia lo más profundo. ¿Quién te dio ese odio, Víctor, de dónde lo sacaste? Hay que ser un animal rabioso. Hay que perder la razón, habría que apagar el cerebro del todo, habría que fugarse a la inconsciencia. ¿Esa capacidad para hacer daño, la tenemos todos? ¿O solo vive en el cuerpo de los hombres? Vos, como todos, decís que fue un error, que no estabas pensando en nada. No sé si es cierto, o si no tenés palabras para explicar qué te pasaba por dentro. Porque la rabia que yo tengo no se parece en nada a eso, más bien me excava por dentro, me deja hueca y me tira en un basurero. Mi rabia me puede matar a mí, nada más.
Víctor, mi niño, mi chiquito. No quiero nada más que volver a verte regresar del kinder con la camisa al revés. Quiero contarte un cuento, quiero comprarte un helado y ver cómo vos y tus hermanas juegan un juego inventado en el patio de la abuela. Todo eso persiste, pero ha sido manchado por la violencia más sucia. Y por lo tanto, el futuro es un lugar terrible. Lo veo en tu padre, en tus hermanas, en todo lo que ya no hacemos y las cosas de las que no hablamos. Lo veo en el terror de otras mujeres, en las mamás de otros muchachos. Mi amor, busco y busco en la oscuridad, y no encuentro cómo perdonarte.