Querido Esteban

Querido Esteban

Querido Esteban:

Yo sé que no te escribo nunca, mae, espero que no te lo tomés a mal. Espero que no sea de mal gusto escribirte solo cuando necesito contarte algo. Y esta vez necesito contarte algo.

Hace tres semanas volvía a mi casa del trabajo, fumando por la calle oscura, y ahí por el edificio donde estaba el bar de los Vásquez, en la entrada de un edificio de apartamentos, vi escurrirse una sombra animal, apenas un trazo negro y peludo, un animal desconocido. No fue un susto ni una amenaza, fue solo un movimiento delante de los ojos, un rastro de algo más, apenas registrado por los sentidos.

Ese día me había prometido ir a una reunión de los doce pasos, y no lo hice. Vos sabés cómo es, mejor que nadie. Hasta pasé por el frente del centro comunitario donde vos y yo nos sentamos una vez, en dos sillas juntas, a escuchar a otros hablar de la cadencia aburrida de las adicciones, como una película que se repite una y otra vez. No se puede decir que no lo intentamos.

Cuando abrí la puerta de mi apartamento ya se me había olvidado el animal. He vivido en el mismo apartamento de tercer piso por catorce años, no porque me guste vivir aquí sino porque tiene el precio de la renta controlado, y ya no sé si podría alquilar otro a este mismo precio. A veces pasan los años por encima de las decisiones. Son los mismos catorce años en que no he tocado las drogas, y ahora tengo la superstición de que una cosa depende de la otra, y que si me voy de aquí se alteraría un equilibrio muy frágil.

Pero te decía del animal. Lo volví a ver. No esa noche: a la semana, cruzando un parque al mediodía, y después otra vez por la ventana del bar, por el rabillo del ojo, ese mismo trazo negro que se escurre apenas lo miro de frente. Color de perro corriendo, como le decimos. Y creo, mae, que es tu perro Pato. Sé que es matemáticamente imposible, porque el Pato ya se debe haber muerto y debe haberte encontrado en el inframundo. Nunca me voy a olvidar del olor a sus patas y sus orejas, sus pelos negros apareciendo en todas partes, su nombre confuso de otro animal. Donde aparecías vos estaba el Pato. Así que hay algo que se parece a un perro-pato, que me anda buscando a mí, o a vos, o a algo que se perdió entre nosotros.

Por un tiempo dejamos de vernos. Tuve que aprender a vivir cada día como si no fuera el último. Me obligué a sentarme a pensar que voy a vivir cincuenta años más, aunque me pareciera una condena. Es más fácil despedirse de todo que quedarse. Mientras tanto vos te ibas muriendo.

Cuando finalmente te dejaste ir me lo contó Paulette, la novia tuya que olía a incienso y leía el Tarot. Ella traía un poco de la tristeza que habían compartido juntos y se quedó conmigo por un tiempo. A las mujeres las recuerdo más como sensaciones en el cuerpo, como olores específicos. No quiero ser un hombre ordinario, pero lo soy. De todos modos ninguna se vio a sí misma permanentemente atada a esta desesperación, a venir a vivir conmigo al borde de este precipicio donde siempre está la posibilidad de rodar hasta el fondo.

En estos días agradezco mucho no tener tiempo para nada más que para ir a trabajar al taller de imprenta, salir ya cuando ha oscurecido por las calles de San José con las manos metidas dentro de los bolsillos de la jacket, con los audífonos cubriéndolo todo con la música de siempre. En el apartamento no me espera nada más que la pantalla del teléfono hasta tarde, enseñándome los años que vos ya no llegaste a vivir, uno detrás del otro. Y ahora aparece el perro-pato, en medio de una época de soledad particular.

Fue hace una semana cuando lo vi más clarito, me estaba esperando. Lo vi acostado en la entrada del minisuper, comiéndose un pedazo de pan tieso de los que ya se descartan al final del día. Levantó la cabeza para verme sin sorpresas, con sus grandes ojos de perro fantasma. Rápidamente volvió a su pan. Yo quería acercarme más para saber si era el Pato, pero no me atreví. Hay miles de perros negros en la ciudad, pensé. Regresé al apartamento a toda velocidad a buscar una reunión de doce pasos a la que pudiera ir al otro día después del trabajo, con cierto sentido de urgencia.

A esa reunión sí fui. No dije nada, me senté en una silla sin compañía y escuché a los demás hablar de sus peores días. Pensé mucho en vos, en tus peores días, en cómo nos podríamos haber muerto juntos y en cambio yo me quedé aquí, viviendo las cosas que te tocaban, hasta durmiendo con tu novia.

Una vez Paulette me tiró sus cartas y me diagnosticó que vivía con miedo, a tientas, siempre evitando el riesgo de tropezarme con la misma piedra. Eso era verdad. También me dijo que las cosas que eran realmente mías volverían por sí solas, sin mucha pelea. Eso no sé si es cierto, pero lo pensé cuando me bajé del bus y el Pato estaba en la parada, esperándome. Ya ni me asusté. Me senté en la banca y esperé, a ver si se acercaba. Al rato vino con sus patas pesadas, y se dejó que le acariciara las orejas que huelen a perro.

En el minisuper pregunté si el perro era de alguien y nadie tenía información. Era tu perro, mae, no podía dejarlo en la calle. Ahí mismo le compré algo de alimento y él me siguió dócil hacia el apartamento como si lo llevaras vos de una correa invisible. No dudó ni un momento. Ya adentro comió, inspeccionó todos los rincones de este espacio vacío de sorpresas, se hizo un pequeño óvalo para apoyar la cabeza en sus patas delanteras, y se durmió al pie del sillón.